Monday, July 01, 2019

Julio Mau, la voz de la cumbia peruana



Ayer por la tarde, con mi pequeño hijo sentado en mis muslos, azuzado por la nostalgia, me puse a buscar a Julio Mau en la Internet.

Llorando se fue  la que un día me entregó su amor
llorando estará recordando el amor que un día no supo cuidar…

El año 1978, a los nueve años de edad mi familia dejó la ciudad, Guadalupe,  para irse a vivir al campo, Semán,  cooperativa agraria con apenas un par de callecitas, con una pampa polvorienta donde los semaneños jugaban fulbito y hacían sus necesidades por la noche bajo la complicidad de la luna,  y con sus tupidas e infinitas sabanas de arroz que flameaban con el viento y cambiaban de color con el trascurrir de los días.  Recuerdo que en la esquina de la Ranchería,  callecita principal formada por dos hileras de casas de adobes de barro y techos de calamina, en la punta de un poste de fierro oxidado de unos 5 metros de altura había un parlante del cual brotaba música a ciertas horas del día, desde el año 1975, según cuentan los mayores.

Tú lo que quieres es que me coma el tigre,
que me coma el tigre,  que me coma el tigre mi carne morena…

Semán era un pueblito constituido principalmente  por gente que había venido del norte (Jayanca, Mórrope, Pacora, Piura, Sechura, Ayabaca…) y de la sierra (San Marcos, Celendín, Cutervo, Cajamarca…) del Perú; los primeros gustaban mucho de la cumbia; mientras que los segundos gustaban mucho del wayno. Y fue así como, irónicamente, en la ciudad aprendí a querer al wayno, en especial al cajamarquino –pues mi papá y su grupo de música vernacular, Los Heraldos del Norte, ensayaban  dos o tres días a la semana en la casa de mi abuelo materno–; mientras que en el campo, entre el olorcito de arroz macollado, entre remolinos y polvaredas, entre peleas de zumbadores, aprendí a querer a la cumbia.

Allá  en la lejanía, tambor; se oye la cumbia mía, mía;
es la cumbia del amor, es la cumbia del amor…

El primer gran grupo cumbiambero del cual tengo memoria es Los Continentales, grupo peruano que hacía cumbia con acordeón. Recuerdo clarito que me maté de la risa el día que mi hermano mayor, Luis, entró a la casa cantando: Ay, el  niño salió a la calle y se encontró una medallita. Y, por supuesto,  no le creí que era una canción de verdad, por más que me re juraba por diosito, hasta que la escuche en la radio; al poco tiempo se convirtió en un tremendo éxito musical. En el corral de mis vecinos, contiguo al mío, armábamos nuestro conjunto cumbiambero: unas latas y ollas viejas hacían de timbales y baterías,  y unos palos de escoba o tuzas hacían de micrófonos. Le brindábamos a los ciruelos, al viento, al arrozal que se extendía al pie del desaguadero, y a un público aunque cautivo, imaginario, un concierto apasionado que emulaba a Los Continentales:

Me inspiré con amor para cantarle a Colombia y  a mi Perú;
después de mi Perú es Colombia querida mi segunda tierra…

No recuerdo el año, pero sí la canción: ¨Búscale la comba al palo, dale con el hacha hasta que caiga. Pim, pom, pam, Marucha, leña para el carbón…¨  Por el tono de la voz, y el estilo musical, supe que no la tocaban Los Continentales. Y efectivamente, averiguando supe que este éxito cumbiambero lo tocaba El Cuarteto Continental, cuyo vocalista era nada menos que el Julio Mau. Desde entonces El Cuarteto Continental, grupo cumbiambero peruano, se metería en el corazón de los semaneños, desplazando a Los Continentales, y en especial en el mío y en el de mi amigo Wilson.  Ambos nos volvimos hinchas acérrimos de la fabulosa voz de Julio Mau, voz perfecta para la cumbia, voz que desde entonces (per)seguimos en cada nueva canción que brotaba del alto parlante para esparcirse por la pampa, por los caminos, para filtrarse por las quinchas,  por las paredes, entre las hojas de los eucaliptos y los sauces, hasta acurrucarse en el lomo de las pozas y las acequias. Nuestra admiración, sustentada sólo en el yunque de nuestros oídos, se corona con la aparición del volumen Alegría y Amor; volumen clásico de la cumbia peruana que contenía los temas: Alegría y amor, La computadora, El africano, Pegaditos: La novia + El cartero + Ojos azules,  Huayayay,  Secretaria, Baracunatana, Pegaditos: Aguada rosada + Rió Mantaro + Casarme quiero, Río Manú, Tormentos, Con medio peso, Saco largo.

Ayer regresé  a buscarte vida mía, no te encontré que mala suerte la mía;
amor, amor, si me escuchas ven a mí, mi corazón abrió las puertas para ti…

Una noche de luna mientras  fresqueaba sentado en el tronco de la puerta de mi casa se me acercó Wilson; extendió su mano  y me dijo: toca. Era un huiro. Al ver mi cara de sorpresa, sacó una peinilla y se dedicó a enseñarme a tocar. Al rato ya me salía más o menos. Fue entonces que sacó su flauta dulce y se puso a tocar Alegría y amor, no sin antes invitarme a que lo acompañara: shiquishik, shiquishik, shiquishik  Así es como nace nuestro grupito al que luego llamaríamos  Cuarteto Cumbiambero. Sin darnos cuenta, aquella ocasión cantamos hasta la madrugada todas las canciones de Julio Mau que conocíamos, ignorando el frío, oyendo a lo lejos el alarido de algún perro chusco. Aquella madrugada recuerdo que sufrí demasiado tratando de cantar y tocar el huiro al mismo tiempo, al mismísimo estilo Julio  Mau.

Señora chichera, véndame chichita;
si no tiene chicha cualquier cosita, una cervecita

Las siguientes noches se sumaron al grupo otros amigos: Koki, Jachi… En realidad, Wilson tocaba un poco su flauta; yo, cantaba un poco y un poco tocaba el huiro; Koki y Jachi sólo tenían sus ganas y su amor por la canciones del chino Mau. Cuando el papá de Wilson no estaba en su casa, la tomábamos por asalto y la convertíamos en nuestro rinconcito de ensayo. Poníamos en el tocadiscos las canciones  del Cuarteto Continental a todo volumen y nos dedicábamos a cantar y bailar al mismo tiempo. Al poco tiempo, nos dimos cuenta que mucha gente se asomaba a curiosear por la amplia ventana que daba a la calle; y desde ahí, apiñados y de pie disfrutaban nuestros apasionados ensayos. Esto nos motivó a realizar mejoras. Recuerdo que unos costalillos de harina, unos cartones,  un poco de engrudo, un poco de hilo, una vieja y malograda  grabadora que tenía teclas de piano, fueron suficientes para que Wilson construyera un bonito acordeón de juguete, en tamaño natural. Por mi lado, le rogué a mi tía la chepenana que me prestara su guitarra; cosa que no fue fácil conseguir  ya que la guitarra era un recuerdo de su finado esposo; cuando me la trajo, mientras me repetía lo mucho que debía cuidarla,  descubrí con asombro que la pobre guitarra estaba apolillada y  desportillada por completo, le quedaba apenas una clavija de madera, de la cual se sujetaba la única cuerda que tenía; tragué saliva, y pensé: peor es nada, sin imaginar que así la llamaríamos en adelante. Con unos cueros de borrego construimos un par de tamborcitos, los cuales colocamos sobre un trípode con patas de caña, que harían de timbales. Estos elementos caseros le dieron a nuestros ensayos un toque de realismo que atrajo a más gente a nuestra ventana: Wilson fingía que tocaba el acordeón; Koki, la guitarra; Jachi, los timbales; y yo, el huiro y la voz. Los ensayos se convirtieron, de esta manera en un verdadero homenaje a Julio Mau, y en un motivo de esparcimiento para la gente semaneña.

Negrita, negra del alma, por qué no quieres que llueva;
si así estaba la mañana cuando yo empecé a quererte…

Fue en época de carnavales, cuando armados de valor, cierta tarde, decidimos salir a cantar a las yunzas. No recuerdo bien por qué lo hicimos, o para qué; pero sé que fue una grata experiencia: los mayores nos aplaudían, nos daban una propina, y hasta nos decían salud, a pesar de que aún no bebíamos. A don Solares le gustó tanto que nos llevó hasta su casa; cruzamos la pampa, pasamos por la Casa Hacienda. Le dijo a todo el mundo que estaba por ahí que nos escucharan, que tocábamos igualito al Cuarteto Continental: los cuatro nos miramos y nos sonreímos por la exageración. Cuando terminamos nos aplaudieron, nos dieron propina, y nos ofrecieron algo que comer. Don Solares con una botella de cerveza en alto decía: ¡Esos son mis cholos, carajo! ¡Salud!  Después de cantar una canción de despedida dimos las gracias y nos retiramos, aunque don Solares se oponía. ¡Póngame Julio Mau!, fue lo último que le escuchamos ordenar mientras nos alejábamos; entonces como naciendo de la yunza se dejó oír: ¨Ayer, te vi, había otro que te chequeaba; montaste su moto, te invitó chicle, también galleta…¨  Sin mirar para atrás, y sin perder el tiempo nos pusimos a contar el dinero que habíamos recolectado. Era la primera vez en nuestras vidas que nos habían pagado por cantar, y no por acabar la tarea de plante, deshierbo, ciega o carga de arroz. Una brisa nos despeinó, mientras los zancudos iban posando sus estiradas patas y metiendo sus agujas en nuestros cuerpos. Sentimos que habíamos conquistado el mundo, sin imaginar que nuestro Semán era apenas un pedacito de tierra.  Para no perder la costumbre recogimos piedras y champas y nos pusimos a probar puntería contra el gato electrocutado que desde siempre yacía en el techo de la casita que había frente a la Casa Hacienda, mirándonos: mi puntería era tan mala que siempre me pareció que el gato sonreía. Proseguíamos, cuando de pronto Koki saltó en una pata: habíamos recolectado algo así como 50 soles  actuales. Los cuatro saltamos en una pata, abrazados; mientras los viejos cocos mecían sus ramas en la altura. Ya pasada la algarabía, en vez de repartirnos el botín, decidimos que compraríamos un micrófono. Al día siguiente, que era domingo, Wilson y yo fuimos a Chepén a hacer la compra, a la vez que aprovecharíamos para grabar en comercial Chero, como ya era costumbre, una cinta con los mejores éxitos de Julio Mau y su Cuarteto. Es así como se sumaría al Cuarteto Cumbiambero la más grande adquisición de todos los tiempos; pues comprar un acordeón, instrumento del que Wilson y yo estábamos locamente enamorados, sería por siempre un sueño: Wilson, cada cierto tiempo salía con la cantaleta de que su papá le había jurado que ponto le compraría un acordeón, igualito al del Cuarteto; yo, por mi parte, me consolaba en secreto dibujando pequeños acordeones en mis cuadernos del colegio.        

En los años de la cooperativa a los hijos de los socios nos llevaban una vez al año de paseo a la Casa Comunal de Chepén. Sería en el paseo del 1985 cuando cierta tarde sucedió algo que jamás olvidaríamos: entre las diversas actividades del paseo se había programado una actuación, en la que participarían voluntariamente quien lo deseara. A sugerencia e insistencia de todos los semaneños, a pesar de que nos hicimos de rogar por supuesto, el Cuarteto Cumbiambero no pudo evitar ser anotado para cantar. A esas horas corrimos a ensayar al cuarto, a solas. Al poco rato salimos y nos pusimos a repasar, casi en silencio, a la orilla de la piscina que había en medio del patio. Fue entonces que oímos al moderador anunciarnos con bombos y platillos: en breves minutos, para todos ustedes, el Cuarteto  Cumbiambero... Cogimos nuestras chivas y nos fuimos a instalar en el estrado improvisado en la parte delantera de una gran aula. Sin darme cuenta, parado adelante, recorrí lentamente con la mirada la cara de cada uno de los asistentes: unos jugaban, otros observaban en silencio, algunos pifiaban solapadamente para apurarnos. Una vez listos, con el aula en silencio, Wilson contó: un, dos, tres. Y yo arranqué: Shiquishik, Shiquishik, Shiquishik…  Era Llorando se fue, aquella mítica y hermosa cumbia que comenzaba con un solo de huiro y que llegó a difundirse por todo el Perú. ¨Y llegó, el Cuarteto Continental¨  Wilson empezó con su flauta, mientras lucía en su pecho el acordeón de juguete;  Jachi empezó a darle con el alma a los timbales; Koki, hacía con sus dedos amagues de guitarrista virtuoso en la única cuerda de la peor es nada. Como a media canción oímos que Jachi nos silbaba. Cuando volteamos nos dimos con la sorpresa de que los timbales se estaban yendo al piso: con tanto golpe los pabilos que unían las patas del trípode estaban cediendo. La gente empezó a sonreírse; para luego matarse de la risa. Yo sudaba de vergüenza, sin dejar de cantar y tocar el huiro. Todos seguimos tocando hasta el final sin dejar de pedirle a la virgen de Guadalupe que mantuviera de pie a  los timbales benditos. Después de una eternidad dije lo que jamás creí que diría: ¨Y nos vamos, para el norte, centro y sur del Perú¨  Me parece verlo a Jachi tocando de cuclillas, con entereza y dignidad, los timbales que segundos antes de acabar la canción habían llegado al piso. Nos despedimos, entre las risas, los silbos y los aplausos del público.           

Primera palabra ¡ay, vidita! te quiero mucho,
segunda palabra ¡ay, vidita! el matrimonio,
tercera palabra ¡ay, vidita! ya no te quiero,
la cuarta palabra ¡ay vidita! quiero el divorcio…

Por aquellos años la presencia del Cuarteto Continental en los bailes de la feria de Guadalupe se había vuelto obligatoria. Cuando oímos por la radio que vendría, nos alegramos como niños y empezamos a ahorrar nuestras propinas para  poder entrar al baile. Veríamos en persona, por primera vez, a Julio Mau; a mi tío Aguchín, como le decíamos al que tocaba el bajo; y a Pablo Bruno hijo, como le decíamos al que hacía los coros. Cada que oíamos la propaganda en la radio, cada que veíamos los afiches pegados en las calles de Guadalupe con el nombre Cuarteto Continental en letras enormes y fosforescentes, se iluminaban nuestros ojos, latían alocadamente nuestros corazones, y nos deshacíamos en planes. Llegado el día, cuando el sol ya se hundía en el horizonte,  Wilson y yo nos fuimos a bañar al pocito, silbando canciones de Julio Mau. Luego, nos pusimos tizas  y nos fuimos a la esquina de la Ranchería a esperar al camión rojo,  que llevaría gratis a todos los semaneños a la feria. Ahí, peleando contra ciento de zancudos hambrientos, apiñados en grupo algunas personas mayores parloteaban: alcancé oír a Benjo decirle a un familiar del norte que acababa de llegar con la contrata: El Cuarteto Continental es lo máximo, comparito; así que a bailar y a tomar unas cervecitas. Quise adivinar quién silbaba Alegría  y amor, cuando asomó el camión rojo por la carretera, alumbrando con sus enormes focos y tocando insistentemente la bocina. Uno por uno los semaneños fueron  asomándose por las puertas de sus casas, y en un santiamén Semán entero se congregó en la esquina. Wilson y yo nos subimos por la baranda del camión y nos acomodamos en la caseta, mientras la mayoría se empujaba para subir por la escalera. Y ahí, con el viento golpeándonos el rostro, comiendo uno que otro zancudo, oyendo el sordo rumor del motor, viajamos rumbo a la cita más esperada de nuestras cortas vidas. ¿Cómo sería Julio Mau en persona? ¿Cómo sería oírlo cantar en vivo? ¿Le hablaríamos? ¿Le daríamos la mano?

Se viene la noche en la lejanía, se oye el lamento de un labrador;
en una casita muy pequeñita vive mi adorada, mi adorada cholita

El baile era en el pasaje Santa Rosa, que daba a la plaza de armas de Guadalupe, donde se ubicaban los toldos, los quioscos, los carruseles, etc.; en suma, donde se instalaba la feria patronal más grande del norte peruano. Ni bien entregamos los tiques al portero, nos abrimos camino entre la gente, y haciendo modos avanzamos hasta el pie del escenario. Y desde ahí pudimos ver y oír con asombro a nuestro cantante favorito: Julio Mau era joven, tendría unos 30 años; su voz en vivo era tan hermosa como en los discos y la radio, cantaba sin hacer esfuerzo alguno; pude notar, de tanto mirarlo, que tenía el tic de mover ligeramente los labios como si estuviera probando algo, tic que luego yo imitaría cuando cantaba. De rato en rato Wilson y yo nos mirábamos maravillados, con un gesto de aprobación y una sonrisa que iba de oreja a oreja. Recuerdo que en más de una ocasión los ojos chinitos de nuestro ídolo se posaron sobre los nuestros; qué pensaría el genial Julio Mau de este par de mocosos que en vez de bailar como todo el mundo lo hacía, se limitaba a observarlo y pedirle de vez en cuando, a voz en cuello: ¡Alegría y amor! ¡Llorando se fue! ¡El delincuente!... Y no sé si por coincidencia o porque nos oyera, tras regalarnos una leve sonrisa, arrancó con su huiro: shiquishik, shiquishik, shiquishik…Llorando se fue, gritamos como locos. Yo canté toda la canción a dúo con Julio Mau, desde abajo, sin que él me lo pidiera, tocando un huiro imaginario; mientras Wilson fingía que tocaba un acordeón o el bajo electrónico. Ese fue el contacto más cercano con nuestro ídolo, el mejor cantante de cumbia de todos los tiempos, aquel que decía: un saludo para las lindas guadalupeñas, en vez de decir guadalupanas; pues no tuvimos el valor de acercarnos y hablarle, estrecharle la mano, y decirle lo mucho que lo admirábamos; después de todo, la timidez  semaneña nos había traicionado. La segunda y última vez que lo veríamos sería en la feria de Guadalupe del año siguiente, en Talla. Era tanto el cariño y admiración por Julio Mau que  pagábamos entrada no para bailar, no  para beber, no para buscar chicas, no para hacer patas, sino simple y llanamente para verlo y oírlo cantar.           

El apagón tiene la culpa de que se fuera mi amor
Tal vez ella no me amaba y tomó esa decisión

Cuando iba a pastear los borregos, por las tardes, luego del colegio, cargaba siempre una radio pequeña color hueso. Al dial, no lo dejaba quieto hasta toparme con alguna emisora que estuviera pasando alguna canción de Julio Mau. Tirado sobre la cima de la era, oyendo la voz microfónica del chino; vigilaba la manada que religiosamente arrancaba el pasto de las pozas; contaba las casitas y las chozas desperdigadas por el campo, mentalmente; miraba al  Cerro Azul y al Cerro Namul descansar plácidamente en el horizonte, desde siempre. El viento traía el olor de la paja seca, nos peinaba, esparcía la voz de la cumbia por el cielo.

¡Qué pena que me da, me da, me da la lejanía!, ¡ay me da!;
¡qué pena que me da, me da,  estar tan lejos de la tierra mía!…

Todo era felicidad, hasta que un 29 de junio de 1986 escuché en la radio: El Cuarteto Continental, viniendo de un concierto ha sufrido un accidente en la panamericana norte, en el pueblo de Guadalupe… Un miedo primitivo se hundió en mi pecho, apagué la radio. Arreé mi manada entre las pozas y a paso apurado llegué a mi casa, por la parte trasera. Mi mamá en el corral desgranaba sola unos choclos, me miró pero no me dijo nada; encerré los borregos y me metí a mi cuarto. Tomé valor y prendí la radio. Y fue que anunciaron: El vocalista del Cuarteto Continental, Julio Mau, ha muerto. Sólo recuerdo que salí corriendo ante la mirada sorprendida de mi madre a buscar a Wilson hasta su casa: Julio Mau ha muerto, Julio Mau ha muerto…  prendimos la radio, para que me creyera. En ese instante abrigué la esperanza de que el periodista dijera que todo había sido un error o una broma. Pero nada, ahí otra vez la noticia. Recuerdo que nos quedamos mudos, con los rostros desencajados, mirando fijamente la radio. Nos hicimos los machos, pero luego lloramos, sentaditos en el mueble grande,  escuchando la voz chillona del periodista que ofrecía los detalles. No sé cuánto lloramos; como tampoco recuerdo con claridad los detalles de aquel trágico momento; seguramente porque mi corazón, por salud y bondad, los ha bloqueado. Y si ya era duro saber que la voz de la cumbia peruana había muerto, más duro era saber que el gran Julio Mau había muerto en Guadalupe, mi tierra. Doble ¡maldita sea! porque te fuiste Julito. En diciembre del mismo año muere mi abuela materna, en Guadalupe, a quien siempre le dije mamá, y a cuyo velorio y entierro no asistí porque mi corazón no podía contra la muerte. Ese mismo año, Semán se  parcela; deja de ser cooperativa agraria para convertirse en asentamiento humano. A los pocos meses el parlante de la Ranchería deja de lanzar  sus canciones al aire para siempre. Ese mismo año, no fui a la fiesta de promoción de mi colegio, dejé de creer en dios.        
 
Mi pequeño hijo, que seguía sentadito en mis muslos oyendo A tiempo en la computadora, en su media lengua me pregunta: ¿po qué lloyas papito? Por Julio Mau, hijito.  ¿Po Cuyo Mao? Sí, hijito. Y aunque sabía que mi Robert Manuel no me entendía muy bien, le dije que Julio Mau había sido el mejor cantante de cumbia de todos los tiempos. Hum, me dijo; lo abracé fuerte, y nos pusimos a escuchar el último gran éxito que Julio Mau nos regalara poco antes de  irse al cielo, a la corta edad de 32 años.

A tiempo para que vuelvas, a tiempo pa´ que regreses;
a tiempo para que vuelvas y digas todo lo que paso,
a tiempo pa´ que regreses que aun te quiere mi corazón…

Julio Mau, no  la mejor voz de la cumbia peruana, sino la voz de la cumbia peruana, nació en el Rímac, un 01 de abril de 1954, y murió en la cúspide de su popularidad un 29 de junio de 1986, en Guadalupe.  Hoy, a casi 26 años de su partida, sigo pensando lo mismo sobre su legado musical, aunque con más y mejores argumentos. Será por eso que no acabo de entender por qué los auto proclamados historiadores de la cumbia, o no lo mencionan o a duras penas lo hacen: no me es posible imaginar el estado actual de la cumbia peruana, y su enraizamiento en el corazón de los peruanos,  si no hubiera existido Julio Mau; él y su cuarteto, a su corta edad,  habían experimentado en la cumbia casi todo lo que actualmente existe, aunque algunos se desgañiten diciendo que fueron los pioneros y de paso le nieguen los merecidos créditos. Sé que hay miles de peruanos, en el norte, centro y sur, que crecieron teniendo como telón de fondo musical la inigualable voz de Julio Mau. Y son estos miles los llamados a difundir el legado musical de este gran intérprete de la cumbia peruana y darle el sitio que le corresponde y se merece dentro del proceso y desarrollo de la cumbia peruana. Nadie como el chino Mau para hacer cumbias pegaditas (que hoy llaman potpurrí, mix, como por despecho), nadie como Julio Mau para el guapeo, nadie como Julio Mau para hacer de un wayno o de una saya  una gran cumbia, nadie como Julio Mau para impregnarle a la cumbia un sabor peruanísimo. Y su voz, su voz enorme, de textura y color impresionantes, suave como el murmullo de la lluvia, sabrosa como el murmullo de mis verdes arrozales.

Trujillo, marzo de 2012