Thursday, April 17, 2008

UN POCO DE AIRE ...

Sobre UN POCO DE AIRE EN UNA
BOCA IMPURA, de Ricardo Ayllón


por Denisse Vega Farfán

Eric Laurent señalaba con acierto que el hombre es el resultado de su propia época, es decir, de sus experiencias, circunstancias, aspiraciones, emisores conductuales que por lo general instalan patrones de homogenización y son los que llevan la guardia del modelo humano, manejan sus deseos, actitudes, decisiones, hasta el destino de su vida. Y a esto debemos preguntarnos: ¿Cómo es el hombre de nuestra época?
Coincidiendo con Heidegger, esta es la época del desgaste de todas las materias primas, incluida la materia prima humana; una materia que se agota en beneficio de una producción técnica, de la posibilidad absoluta de fabricarlo todo. Los estigmas de esta devaluación humana van desde las enfermedades profesionales (Vg. La imagen del hombre que se mata trabajando) hasta los llamados “hombres desecho”; es decir, aquellos no deseados para la producción. Esta es la era del mercantilismo, de la máquina tragando al hombre, de la levedad, del hombre Light, plano, endeble, achatado sin un fondo, sin una construcción interior consistente. Es la época del hombre cada vez más alejado de su naturaleza, que se incuba en las urbes, el consumismo, que subordina al medio ambiente, flora y fauna como entidades inferiores. Es la época del hombre permeable, corrupto, egoísta, incompasible, ambicioso, morboso, que goza con el sufrimiento de su especie, del hombre espectador en vez de actor, de la educación perversa de la sexualidad, del individualismo, de la marginalidad y de la poca excepcionalidad. Es la época en la que el exitismo ha adquirido una naturalidad dentro de las aspiraciones sociales, enquistándose en la subjetividad como una tumoración maligna; es decir, el moldeo del hombre hasta convertirlo en un autómata, un sujeto completamente normado, carente de atributos personales propios. Tal y como decía Derrida: “muchas personas, pocos seres humanos.” En suma, es la época de la muerte del sujeto, del hombre sin personalidad ni conciencia de su libertad, de la “boca impura” como ora Ricardo Ayllón, ¿acaso en esa languidez y decepción en el que la palabra vale muy poco, volviéndose una cerosa transparencia en los oídos de los otros?
El “camino del agua” que alude en los versos, podría tomarse como una sordera liberadora, o una purificación buscada. La tierra infestada de máquinas, artilugios suicidas, consumismo, desamor, apatía, el desgaste del poeta en el combate de humanizar al hombre por medio de la palabra con réplicas pavorosas, de dogmas, etc.; crean un medio ideal para el exterminio del entendimiento, para la conservación de la superficialidad, la miseria y la desnaturalización. “Nuestros días en la Tierra son como sombra”, diría José Emilio Pacheco.
El “camino del agua” deviene entonces en esa necesidad de silenciar los trastos, como un comienzo de la muerte del “yo” hostilizante. El mar, es sin duda en la poesía de Ayllón, una directriz armonizante, que guarda incomparables sabidurías ajenas al hombre que niega su naturaleza, es un aprendizaje de calma, humildad y hondura; cito: “nadie conoce ese paisaje, es un prado que guarda resplandores para tiempos de congoja”.
“Acudid sin miedo a la muerte”, nos dice Ayllón; ¿pero deberíamos entender esto como una afirmación netamente tanática?, o ¿acaso la muerte signifique el comienzo de la certeza, la soltura de los nudos existenciales en su poesía?
Sólo terminando, muriendo, puede conocerse lo nuevo sostiene Krishna Murti, no en un sentido biológico lógicamente. Así, existe un despojo en todo lo que se ha reunido en el ansia de seguridad; para capturar cosas nuevas, el desahogo, la obertura, la depuración del ser. Cito: “La palpitación de la tierra se parecía mucho a mis monstruos, usaban la voz que electrizaba mi nombre y me sumergían en la dulce admiración que vivifica la muerte.”
Morir para vivir, en una relación de inclusión constante, ya que la negación de esta dualidad encierra al sujeto en una proyección de sí mismo. Sólo en ese morir, en ese terminar, en ese poner fin a la continuidad, está la renovación, esa creación que es eterna. Esto aparece evidente cuando Ayllón, en Instrucciones para tu delirio, asevera: “Ama aquello que se alcanza conviviendo con el alto signo de la muerte.”
Ahora bien, el sentido y la efectividad de esta muerte no sería tal, si antes el sujeto poético no se reconociera en lo mundano, en el legado de sus deserciones; cito los siguientes versos: “¿quién dice que es vano acudir/ al llanto del pálido acero/ que es inútil mirarse/ en un rayo abatido?” Reparar en lo deslucido y caótico, para ascender; es descubrir la iluminación de lo ignorado. ¿Y acaso esto último, sea ese aire buscado por la boca impura?, ¿ese elixir, o liberación sin ocultarse?
La muerte es una frecuente en “Un poco de aire para una boca impura”, hasta la última de sus páginas. La muerte retratada en diferentes sujetos como Azagar, o espacios como la bahía, presumiblemente chimbotana. Esa bahía languidecida por la depredación y el derroche de las fábricas. La bahía como una comarca independiente; a lo mejor, como salvoconducto a la desquiciante dinámica urbana, progresivamente autodestructiva; cito: “Nos fascinaba encontrarnos en el estrecho norte de la bahía, en una roca perpetua labrada por el sosiego.”
Una bahía con sus propios personajes, que en la lúdica imaginación de Ayllón transmutan en seres mágicos, mediante un lenguaje lleno de imágenes, metáforas exquisitas como si se pasara una lima por el borde de las cosas, a veces surrealistas pero sin perder conexión con los escenarios que trabaja. Conmueve pues, esa capacidad del poeta al desentrañar de esos elementos abstractos y oscuros, esa elipsis luminosa que guardan.
Asimismo, como se señaló anteriormente, aquél reconocimiento y satisfacción de la reinvención desde las zonas más espurias del ser; se concatena con los lugares más repudiados moralmente en los que se celebran las inclinaciones más audaces de la carne y el verbo. Sea Cascurno, Unicré, Lopino, Tres Cabezas, los mundos alternos, las franjas de luz hedionda donde la ceguera desaparece, la inopia, la incuria de las urbes.
Bataille define el erotismo como la apropiación de la vida hasta en la muerte y establece sus formas: erotismo de los cuerpos, erotismo de los corazones y erotismo sagrado. Estas tres formas se ven corporizadas en meretrices y en deidades tales como Crisanto o Fuego. Pero más allá del goce, existe un desquicio irredento hacia la resignación, o pérdida de valor del alma humana por la mercantilización de la carne y los sentimientos; cito: “Buscábamos el amor en su tristeza volando sobre su transparencia imposible”.
Atendamos también, a que el mar no es sólo un elemento expectante o para ser espectado por el yo poético. El mar aparece como el reflejo de ese yo, su resistencia a la extinción, su convulsión, erotismo, su luminosidad y delirio en la oscuridad. El reconocimiento en él genera complicidad, y una fraternidad recíproca; cito: “el mar nos guío hacia las entrañas del mundo”. Pero a la vez una imposibilidad de armonía alcanzada temporalmente, sean los siguientes versos: “y sólo alcanzo a cubrirme de un aura que nada produce, que apenas consigue verse a sí misma y empieza a morir en este mismo momentos sin recuerdo de nada”.
A pesar de ello, la poesía de Ayllón no descansa en el desaliento, hay un vaivén que le hace perder y a la vez retomar el timón, equilibrándolo, bifurcándolo de la mezquindad del “yo”, adquiriendo la capacidad incluso de instruir al “otro” para la emancipación de su ruptura. Tenemos un contraste marcado entre la luz y la oscuridad, pero en complementariedad, el oxímoron. El “yo” poético ya no se centra en su propia minusvalía existencial, la palabra se extiende de afuera hacia dentro con tacto humanitario: “eleva la oración que te margine de toda dependencia y ve”, dice el poeta, o cuando enuncia: “El corazón es a veces una fruta desprendida en medio de la noche, ello no es razón para subir a los espinos…”
La poética de Ayllón se preocupa en apartar al “otro” de las seudofilosofías, de despejar la mente humana, el derecho de crearse un lugar habitable, de morar la belleza en las formas más sencillas, de ejercitar la libertad fuera de homogenizaciones, hasta incluso poseer el dominio del propio sufrimiento: “Permite que los seres de tu pequeño Paraíso elijan su especie, sus familias, sus miserias.” Su yo poético aparece directo y a la vez insinuante al lector, sin lugar a elecciones. Similar dirección toman las críticas hacia la vanidad y el egocentrismo, y hacia aquellos que permanecen inmutables e indolentes ante la decadencia humana: “céfiro tragado es ahora su alma”, nos declara el poeta.
Existe también una aspiración a la eternidad, del verdadero homo que se trame con acierto desde la primera palabra, del aprendizaje del verdadero amor, y para amar primero hay que tener “humanitas” como lo denominaba Cicerón, y la “humanidad” (por lo general) es lo último que el ser humano trabaja. Humanidad infiere desprendimiento, amabilidad, conmiseración, generosidad, apego a la vida, apertura de los sentidos, abandono del yo; ya que el “yo” nos encierra en nosotros mismos, es generador de luchas y crisis constantes, cierra los conductos de la sana afectividad y la reciprocidad. Este amor que detiene al sujeto de merodear en lo conocido, el que hace posible que el tiempo sólo sea una entidad y no un factor, “una visión de temores incendiados” como ora el poeta.
Ahora bien, ciertamente en CUADERNO DE OBCECACIONES existe una ansiedad muy particular, un pulso enfebrecido en llegar al sueño, es decir, a ese estado en el que las ruinas humanas cobran verdor y la posibilidad de entumecer ese “yo” amenazador, individualista, que sólo gira en él con una dinámica enviciante, presentado a manera de un roedor (un cuy, como lo denomina el poeta). El hombre como roedor de sí mismo, que denota un desacierto existencial, esa carga de personificaciones infructuosas constantes en el sujeto sin llegar al sosiego, al verdadero molde hecho del barro y del fuego propio; cito: “¿cuántas variables de pelos y ojos para avistar la mañana?”.
El insomnio también podría recrearse como aquello que nunca llega, que no se moldea a voluntad, que se siente que está en alguna parte lejana y a la vez dentro de sí mismo, que late y a la vez está muerto: “en mi pobre vientre calcáreo y nocturno respira la soledad en forma de hombres suicidas”. Soledad como cúmulo de dilapidaciones biliosas, abyecciones escupiendo el espejo de sí mismo, inseguridad de quién se es, o ser el impostor de su propia identidad desconocida.
El cuerpo reclama su propio poder, de sus bondades y misterios, incluso ser dueño de su propio cansancio; cito: “estas gordas marmotas empeñadas en apartarme del sueño, en suplantarme el sexo, en despedir discursos a nombre de mi cuerpo quebrado”.
En contraste a esto, en el poema A UN DIOS DORMIDO, aquél Dios responde a dos formas: al ente rector ausente, a la fuerza que doma las combustiones y confusiones; o bien “dios” como el ser humano ideal dentro de uno, la idea de la perfección, que se busca infranqueable y no reacciona. Aquel que ya no despierte como ora el poeta: “con nuestros sentimientos innobles a todo volumen”.
Hasta aquí el yo poético sería muy precario, pero a continuación asevera: “hay que inventarse una colina de efluvios que espante a estos cuyes disparados”. Existe entonces un reconocimiento de las carencias y la confusión, además del conflicto de patrones conductuales, de la alienación sicosomática. Acaso una de las manifestaciones de la crisis de la post-modernidad en la que el individuo constantemente se siente en terreno perdido, espacial, temporal y en cuanto a sus convicciones. Pavor acentuado en quienes se resisten a sucumbir ante estas homogenizaciones, el pavor de este sujeto poético en particular.
No obstante, lo valioso es que es este reconocimiento la base del conocimiento, la peregrinación de la sabiduría; es decir, el vigía obcecado deviene ya no en un elemento inmutable, de sufrir –digamos- una condena existencial, sino en un participante. Comprensión evidente en los siguientes versos: “perforo las piedras de la contemplación y el delirio (…) el tiempo de negar las confusiones eternas”.
Así, la poesía de Ricardo encara al espectro, puesto que el miedo no consiste en eludir el boscaje de sombras que luchan por rasgar hasta la indumentaria más menuda de lo intacto o válido que queda en su ser. Comprende que tal evasión detiene el entendimiento. Asume el miedo con la consigna de descubrir sus verdaderas facciones, la consistencia, el peso de lo imperceptible y desconocido, la verdadera ruta de la palabra, que acaso esta resistiéndose con sus formas vagas y ondulantes, el poeta la cerca, para cuestionarle un nombre, despegar sus alas de su áspero torso. La palabra no como ventana detrás de la cual sólo te reduce a un destino expectante, sino la palabra como eje, la palabra activa, no gobernadora sino unificadora, que integra en vez de segregar.
El miedo al ser visto, experimentado con claridad y sin resistencia, revierte su sino, y luego compensa con el privilegio del sueño: “ahorcando el bullicio de las más altas penumbras”, como anota el poeta.
En la última parte del libro nos encontramos ante una familia disfuncional, signada por la decadencia, la ausencia, la hipocresía (“mi familia me ofrece su divinidad mal disimulada”, como diría Ayllón), la resistencia masoquista a la disgregación en un juego de máscaras con las cuales se aparenta un equilibrio familiar, pero que sólo acelera más su proceso de disección. El “níspero mordido” evocado por Ayllón, representa el contrario de la significancia de dicho fruto, es decir, la fertilidad, la benevolencia y la ternura, que en su verso se maduran a la condena; pero también hay esa atención al desacuerdo con el molde familiar contemporáneo, la culpa heredada a los hijos, el atraso, y la falta de comunicación.
Estos son solamente algunos rasgos saltantes del nuevo libro de Ricardo Ayllón, que no solo se esfuerza en otorgar a la poesía formas dignas, mediante el trabajo cada vez más depurado de la palabra y el logro de la imagen, la sensación, recrear el tacto de lo subjetivo y lo real, el arrojo, la espontaneidad, la lucidez y la frescura; sino que a ello se suman sus vibrantes y cuestionantes temáticas, de una resistencia contagiante aunque en medio de un espiral de cadáveres.
Como diría el poeta César Moro: “Muriendo de pie/ conquistaremos/ aquel paraje de hierbas silvestres.”

Denisse Vega Farfán Locati
(Trujillo, Perú, 1986). Autora de EURITMIA (2005). Finalista de la XIII Bienal de Poesía "Premio Copé Internacional 2007". Forma parte de la muestra de poesía joven “Generación del 2000?” (Claroscuro, Círculo Abierto Editores, 2006), de la antología de poesía “19 Poetas Peruanos-Generación del 2000” (Lapsus, 2006), de “Poesía Perú S.XXI 60 poetas peruanos contemporáneos” (Fundación Yacana, 2007), y "Selección de poesía peruana contemporánea" (Revista Ping Pong, República Dominicana, 2007). Poemas suyos han sido y son publicados en diarios y revistas nacionales e internacionales como: Resonancias, Letralia (Colombia), Letras.s5 (Chile), Fórnix, La Siega, Trecetrenes (Madrid), Adiós (Madrid), Sieteculebras, Revista Peruana de Literatura, Urbanotopía, Quipu, entre otros.

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