Thursday, January 12, 2012

Revocatoria y responsabilidad...

Últimamente se ha puesto de moda en el Perú el revocar a una autoridad democráticamente elegida. Y una de las cosas que más me ha llamado la atención es la facilidad con que se recurre a este mecanismo; la facilidad con que a una autoridad elegida hace apenas un año, se la quiera fuera del cargo con tanto ahínco. Esto me ha motivado a analizar este mecanismo legal de control que tiene el pueblo para remover una autoridad elegida democráticamente, fijando mi atención en los requisitos legales necesarios para que este mecanismo se active, se eche andar; y teniendo en cuenta el grado de responsabilidad y/o irresponsabilidad que recae sobre los diferentes actores sociales que intervienen en el proceso.

Aquí una mirada crítica y rápida a los requisitos necesarios para que la revocatoria de una autoridad tenga lugar:

1. Compra del kit electoral (el promotor)

Fácil de conseguir. Cualquier ciudadano puede hacerlo, con su dinero o con dinero ajeno; por iniciativa propia, o por encargo de terceros; a la ONPE le importa un bledo quién promueva la revocatoria. Este requisito resulta ser, en suma, una simple transacción financiera.

2. Recolección del 25% de firmas de electores hábiles (el promotor)

Fácil de conseguir. Si una autoridad motivo de revocatoria ganó las elecciones, por ejemplo, con un 51% de los votos, existe en teoría un 49% de los votos, a favor de su revocatoria; es decir, esta autoridad resulta revocable por defecto; pues el porcentaje de votos potenciales a favor de su revocatoria (49%) resulta mucho mayor al exigido (25%). Incluso, una autoridad que fue elegida democráticamente con un alto respaldo popular, por ejemplo con un 70% de los votos, también resulta revocable por defecto; pues el porcentaje de potenciales votos a favor de su revocatoria (30%) resulta aún mayor que el exigido (25%). Por tanto, conseguir el 25% de firmas para revocar a una autoridad resulta ser un proceso meramente operativo, y en teoría, siempre alcanzable, puesto que casi nadie gana las elecciones con porcentajes tan elevados. Como vemos este requisito a primera vista tan difícil de lograr, realmente no lo es. Este requisito no resiste el más mínimo análisis aritmético. Este requisito ni siquiera resulta lógico, resulta completamente advenedizo.

El promotor (y asociados; léase, interesados primarios en revocar a una autoridad, pero que a veces no dan la cara) y un buen presupuesto, en teoría, bastan para lograr este requisito.

3. Verificación de autenticidad de las firmas recolectadas (la ONPE)

Fácil de conseguir. Proceso meramente formal, mecánico. Es sólo cuestión de tiempo.

4. Solicitud de revocatoria (el promotor)

Fácil de conseguir. En la solicitud de revocatoria se fundamenta el porqué de la revocatoria de una autoridad; pero no se exigen las evidencias que sustenten dicho fundamento. Es decir, el fundamento que se esgrime para pedir la revocatoria de una autoridad no es motivo de investigación por parte de la ONPE; no importa si es real o inventado; no importa si nace de la razón o del hígado o del despecho; no importa si es de interés personal o colectivo. Para la ONPE es irrelevante la razón por la que alguien promueve la revocatoria de una autoridad. En todo caso, ¿para qué exigen que se fundamente la revocatoria si esta no se toma en cuenta? El fundamento, y por ende el requisito en sí, resulta ser un formalismo retórico.

5. Verificación de cumplimiento de los requisitos anteriores (la ONPE)

Fácil de conseguir; proceso meramente formal, mecánico.

6. Convocatoria a consulta popular (JNE)

Fácil de conseguir; proceso meramente formal, mecánico.

De este breve análisis podemos concluir que es fácil mover a una autoridad desde el legítimo cargo político, obtenido democráticamente en las urnas, hasta instalarlo en una advenediza consulta popular. Entre el legítimo cargo político y la advenediza consulta popular, median apenas 6 requisitos de exigencia cuestionable, median apenas 6 requisitos que cualquier ciudadano podría alcanzar, median apenas 6 requisitos de carácter endeble. Llevar a un candidato a ser autoridad es un proceso democrático, largo, costoso, en el que participan el estado, las agrupaciones políticas, los medios de comunicación, las agencia de marketing, la población en general; entonces, ¿cómo es posible que una autoridad elegida mediante un proceso de tal magnitud de involucramiento económico y de actores sociales sea revocada por un promotor y apenas 6 requisitos de dudosa exigencia? En este sentido la revocatoria resulta injusta, asimétrica, resulta un despropósito.

El carácter endeble de los requisitos para revocar a una autoridad hacen de la revocatoria un mecanismo advenedizo, un mecanismo ideal que se fragua casi siempre desde el despecho, desde la hiel, desde el hígado, desde el revanchismo, desde el oportunismo. ¿Es acaso casualidad que los más entusiastas con la revocatoria sean aquellos candidatos que no ganaron en las urnas? ¿Es acaso casualidad que los más entusiastas con la revocatoria sean aquellos electores cuyos candidatos no ganaron en las urnas? ¿Es caso casualidad que los más entusiastas con la revocatoria sean aquellas personas que tienen algún tipo de problema personal con la autoridad en función? ¿Es caso casualidad que los más entusiastas con la revocatoria sean aquellas personas que piensan ser candidatos en una campaña próxima? No es casualidad; lo que sucede es que los candidatos perdedores y los electores cuyos candidatos perdieron en las urnas son unos irresponsables; pues no asumen (no aceptan) las consecuencias (resultados) de un proceso democrático en el cual participaron libremente y en acuerdo pleno; lo que sucede es que hay personas irresponsables que utilizan este mecanismo legal sólo como un achaque para saldar alguna deuda de índole personal, o para consumar alguna de sus más bajas pasiones: antipatías, odios, revanchismo…; lo que sucede es que hay candidatos irresponsables que utilizan la revocatoria como campaña política con miras a unas elecciones que aún no comienzan. La democracia se robustecería enormemente si los que perdieron en las urnas, tanto candidatos como electores, no se dedicaran a promover la revocatoria de una autoridad. Pues resulta imposible creerles, aunque fuera cierto, que lo hacen por amor a su pueblo; la sombra del despecho y/o del hígado, nada ni nadie podrá quitárselo. ¿Acaso ignoran estos actores sociales que aceptar los resultados adversos obtenidos en las urnas es también inherente de la democracia? No sólo es inherente a la democracia el participar en las elecciones, sino también el aceptar los resultados (favorables o adversos) de las mismas. Por tanto, todo ciudadano de un pueblo democrático en vez de promover revocatorias debería apoyar –sin importar por quien votó, sin importar si ganó o perdió su candidato– el trabajo de la autoridad elegida por la mayoría, en el mejor de los casos, o dejarla trabajar tranquila, en el peor, por el periodo de tiempo estipulado incluso antes de las elecciones. En este sentido la revocatoria resulta ser un mecanismo antidemocrático.

Sería saludable para la democracia y para la sociedad que la revocatoria en realidad no existiera, por todo lo dicho anteriormente. Y porque la revocatoria no es la cura para acabar con una mala autoridad, es un analgésico; no, la solución es que el pueblo aprenda a elegir bien a sus autoridades, que aprenda a sumir las consecuencias de sus decisiones democráticas, que aprenda a no hacer berrinches, a no patear el tablero democrático simplemente porque luego se da cuenta que la autoridad que eligió democráticamente es mala o no le gusta, que el pueblo aprenda a ser responsable. Si el pueblo eligió mal a sus autoridades, pues que asuma las consecuencias de su decisión democrática. Si el pueblo no aprende a elegir bien a sus autoridades la revocatoria no sirve sino para volver a elegir mal, pues la revocatoria no es un mecanismo que reforma, que educa, que eleva la consciencia, es más bien un mecanismo que exime al pueblo de toda responsabilidad, de toda culpa. El mensaje subliminal es: si eliges mal una autoridad; no te preocupes, revócala. ¿No te preocupes?, ¿revócala?, ¡qué sandez!, ¡que sí se preocupe, una y mil veces, hasta los huesos!, ¡que asuma las consecuencias de su decisión!, ¡que se haga responsable! ¡Qué mensaje para tan apañador, consentidor, sobreprotector, y sobre todo dañino! Basta de promover la irresponsabilidad, ya basta: un pueblo responsable no admite ni tolera revocatorias, porque la revocatoria es un mecanismo que abona la irresponsabilidad –la inconsciencia– personal y colectiva; y un pueblo puede ser todo, menos irresponsable. Recordemos, que si bien el pueblo no es responsable de que una autoridad sea mala, sí es completamente responsable de haberla elegido. La revocatoria lamentablemente se centra sólo en la autoridad, en su condición de mala autoridad, soslayando por completo uno de los detalles más importantes del proceso: que fue el pueblo quien eligió la mala autoridad, que fue el pueblo quien democráticamente le confirió el cargo que hoy pretende arrebatárselo. Un pueblo responsable debe asumir las consecuencias de su decisión democrática y no evadirlas vía revocatoria; debe aceptar con hidalguía que la autoridad elegida, aunque ahora no le guste, fue elegida para gobernar por un periodo de tiempo pactado incluso antes de ir a las urnas. En este sentido la revocatoria, aunque legal, resulta ser un mecanismo irresponsable; léase, hija de la irresponsabilidad, símbolo de la irresponsabilidad de un pueblo.

Si la cura a la proliferación de malas autoridades no es la revocatoria, sino educar al pueblo para que aprenda a elegir bien, ¿por qué se opta por la revocatoria sin cuestionarla, casi por inercia?: porque la revocatoria aunque no es cura, sino analgésico, además de ser un mecanismo legal y democrático, exige el mínimo esfuerzo humano, la mínima inversión económica: comprar un kit, recolectar cierto número de firmas…; mientras que educar al pueblo, que es la cura definitiva, exige un esfuerzo humano y una inversión económica quijotescos, casi utópicos. ¿Revocatoria o Educar al pueblo? Ante este panorama la pregunta resulta retórica, ya no resulta un dilema, ¿cierto? Aun así, apuesto porque el estado eduque al pueblo para que este elija bien a sus autoridades, para que aprenda a ser responsable, aunque esta cura le cueste dos ojos y largos años de trabajo sistemático. El estado tiene la responsabilidad de educar al pueblo para que este no vote por un candidato sólo porque es guapo, no vote por un candidato sólo porque su propaganda en los medios de comunicación es llamativa, no vote por un candidato sólo porque habla lindo, no vote por un candidato sólo porque es millonario, no vote por un candidato sólo porque es carismático, no vote por un candidato que jamás ha hecho nada por el pueblo en el pasado, no vote por imágenes mediáticas, no vote por currículos inventados, no vote por proyectos inviables, no vote por equipos de trabajo improvisados… Total, ¿no es caso la educación un derecho inalienable de todo ciudadano?

Si bien la revocatoria es un mecanismo antidemocrático, irresponsable, sobreprotector, que deslegitima gratuitamente a quien fuera legitimado en las urnas, ¿qué es lo mínimo que se debería hacer, si tuviéramos que convivir irremediablemente con revocatoria, en aras de que no sea un perfecto despropósito, y no cause tanto daño a la democracia?: sería imperdonable no replantear al menos por completo los 6 requisitos que la activan; sería imperativo hacerlos más robustos, más lógicos, más justos; sería imperativo quitarles su carácter meramente económico, operativo, burocrático que gozan; sería imperativo quitarles su proclividad innata de sucumbir a las bajas pasiones.

Finalmente, ¿cómo exigirle a los candidatos, a las agrupaciones políticas, a las agencias de marketing, a los medios de comunicación, al pueblo en general, ser honestos durante una campaña electoral? ¿Cómo exigirles, es suma, ser actores responsables? No podemos exigirles, debemos enseñarles. Si todos los actores sociales que intervienen en un proceso democrático fueran responsables, ¿se imaginan?, seguramente otra sería la historia.

Wednesday, December 14, 2011

Namul, mereces el nombre que llevas

Un texto de Miguel Arbildo,
miembro activo del Grupo Literario Namul,
leído el 28 de setiembre en el 14 aniversario del grupo

Integrarme a Namul, fue comenzar una travesía inolvidable. La tarde de setiembre del 97 llegué citado a la Biblioteca Municipal de Guadalupe en dónde me esperaban unos jóvenes sostenidos en el afán de “Contagiar su canto a las mil cuerdas que pasean, como calladas, por las calles largas y preñadas de historia…”(1). A partir de entonces, Namul surge oficialmente como grupo, fortaleciendo actualmente su fibra literaria que no ha logrado arrancar el tiempo.

En sus albores, Namul edita sus textos que carecen de destreza elocutiva. Textos editados a máquina de escribir, y financiados por cada integrante. Ese año (1997) se ejecutaron 2 exposiciones pictóricas - poéticas que nos abrieron las puertas para entrar en la escena cultural guadalupana. Ello debido al esfuerzo mancomunado de sus ocho integrantes: Robert Jara, Josué Vallejos, William Bueno, Víctor Campos, Iván Ruiz, Lucio Ríos, David Mendoza y quien aquí escribe. Con respecto a Jara he albergado una interrogante: ¿Cómo él, cargando prejuicios de bachiller en ciencias físicas, y no siendo además del mismo hotel de Guadalupe, sino radicado en el campo –Semán–, tuvo la temeridad de fundar un grupo literario? Hasta me resulta gracioso, a veces nostálgico, recordarle esperándonos en la Biblioteca Municipal o en la Plaza de Armas con su vieja bicicleta chacarera, su mirada vehemente y tímida, albergando el anhelo de que Namul pase a la plataforma de la historia guadalupana. A raíz de tales preguntas, colijo que no se necesitan títulos ni ventajas topográficas para representar una causa honorable.

Conocida es la etapa de letargo en que decae Namul durante algunos años, cuando su fundador viaja a Puerto Rico, y sus integrantes se dispersaron por cuestiones laborales y de estudios, sin embargo no se deshizo del todo. Namul redujo sus eventos a tertulias literarias. No sin dejar de estar comprometido con la lectura de textos literarios. Durante aquel tiempo impelido por las obras de Jack London, Julio Verne, Andersen, Li Po, Eguren, cultivé la poesía, también la prosa, sin herramientas de las técnicas narrativas. Retrotrayendo escenarios del distrito La Victoria, Chiclayo, donde nací y me crié hasta los 12 años.

Escribo atraído por mi tierra natal, evocándola siempre; acaso, sin saberlo algún tiempo, he corroborado lo que Vargas Llosa diría, El escritor no elige los temas, sino los temas eligen al escritor. Además he podido notar – convencerme- de que mis hermanos namulianos (Josué y Robert – escritores activos de Namul-) también se han esforzado ardorosamente para crecer en el cultivo de la narrativa y la poesía, cada quien con sus estilos peculiares que certeramente han ido adquiriéndolos. Esto puedo acreditarlo con sus obras publicadas de manera individual y colectiva en este año 2011. Namul ha elevado su nivel literario, no sólo por inspiración y el afán de escribir, iniciales durante su etapa de gestación (esto cualquier irresponsable posee y cree que es suficiente para ser buen escritor), sino que ha elevado su nivel debido al talento, la perseverancia y la lectura acuciosa, imprescindibles para quienes aspiran a ser grandes.

(1): Enunciado de Robert Jara, extraído de la presentación a la plaqueta Ocho cuerdas vibrando de emoción -1997.

Wednesday, November 16, 2011

Sobre Nostalgia de Barro...

Por Antonio Escobar Mendívez
(poeta y promotor)

“La poesía es la conciencia más fiel de las contradicciones humanas porque es el martirio de la lucidez, y la poesía, al sufrir el martirio de la lucidez, se aproxima a la razón”.

En la geografía de la poesía, pueden plasmarse una gran variedad de estilos y, lo más importante, estos pueden interpretarse con toda una extensa gama de colores y tonalidades para agradar al lector más exigente.

Es Robert Jara, un poeta que va con paso seguro, pausado, con conceptos cultivados y de formas limpias y correctas. Pero lo más interesante está en su textos que nos presenta en “Nostalgia de Barro” divido en tres partes, que han constituido libros separados. Esta unión poética permite un producto cosechado con lucidez.

“Nostalgia de Barro”, es el título del libro y de uno de los poemas que forman parte de este libro, es la voz de la poesía, la voz de un autor que mima los conceptos y los sentimientos canalizándolos de una manera personal. Es un libro tan sencillo y, a la vez, bien trabajado, que lo aconsejable es degustarlo poco a poco para conseguir captar todas las sensaciones que quiere transmitir.

Robert Jara nos traslada a su paisaje cotidiano, a su habitad, donde ha pasado su infancia rodeado de su familia: son los temas cotidianos que inspiran su poesía. Viste la esencia de su creación con ropajes al alcance de sus manos, porque envolviéndonos en su voz poética consigue mantener en vilo la poesía (palabras que pueden parecer muy familiares; pero que forman un barbecho latente para su creación) en un estado de equilibrio y mesura que puede aparentar facilidad, pero que se ha aplicado gran laboriosidad en la elaboración de cada poema.

En sus versos vivifica personajes familiares y cotidianos de su tierra que lo vio nacer. Es su paisaje que lo adorna con metáforas de su entorno y todo gira en cuestiones trascendentales sobre la vida, el devenir, el tiempo, la razón o las ideas.

Desde esta perspectiva “Nostalgia de Barro” constituye la demostración del sentimiento de un poeta que ama lo suyo, sus caminos, la verdura del paisaje, se interna en el alma de la tierra y la sobrepasa hasta su médula, para cantarle con la quena de su alma y la guitarra de la alegría

En el cauce de la poesía de Robert Jara, encontramos su ritmo delicado, nostálgico, como en una lágrima candente, nos entrega su mensaje cargado de esperanzas. Lo hace también con serena paciencia, equilibrado. Aquí tiene cabida la exaltación y la búsqueda de justicia. porque en la poesía de nuestro poeta no se suscita el odio. Lo importante es la palabra y la estética que deja a sus lectores.

Lo importante en el itinerario de “Nostalgia de Barro” es el lirismo de la palabra puesta como un movimiento cinematográfico, por un pasado marcado por el dolor y la ausencia, punto de motivación de estos hermosos versos que el poeta nos deja sobre las manos, como un junco tembloroso entre las aguas de su poesía, donde plasma su mensaje con estilo personal y equilibrado.

Monday, October 17, 2011

Poeta, condición esporádica y fluctuante

Es lamentable ver cómo los libros que enseñan a atrapar poesía no enseñan más que intentar atraparla; resultan en un amague, en un frívolo recetario. Será que el poeta es más que un simple chef literario.

Desde siempre se ha discutido y puesto en tela de juicio de que si el poeta es un hombre común o si es un iluminado, pero no en la posibilidad de una mixtura; como tampoco en la posibilidad de que ser poeta sea sólo una condición temporal y no permanente como se le considera. Creo que no se ha puesto en tela de juicio, ni se ha cuestionado lo que denomino la temporalidad del poeta.

En términos generales el poeta transmite emociones, no sólo vivencias (situaciones vividas, individuales, intransferibles). Las emociones resultan tanto de situaciones reales como de situaciones inventadas (fingidas); personales, impersonales; divinas, paganas, etc. El trueque inofensivo de este par de palabras significa la exclusión o inclusión de varios tipos de poetas. Y en realidad decir que el poeta transmite emociones es demasiado ostentoso, el poeta con seguridad hace el intento, el amague; descubrir si tal intento resulta o no en un acierto es utópico, a no ser que se mire a través de lupas subjetivas.

El no adjetivar las emociones, pasaría de largo, indiferente; pero dado que aquel adjetivo, aparentemente superficial, engendra otro de los grandes dilemas respecto a la condición del poeta, no puedo darme ese lujo. Tratar de clasificar al poeta no es cosa nueva, ya sea respecto a la temática, al estilo, a la actitud frente a la vida, a la época, etc., de donde resultan poetas místicos, poetas simbólicos, poetas comprometidos, poetas modernistas, etc. La actitud del poeta frente a la vida, a diferencia de otras consideraciones, no permite ser reducida a simple motivo de parcelación didáctica; no acepta tan dócilmente no ser inherente a la poesía misma. De ella depende que se tilde a los poetas de malditos o místicos, comprometidos o puros, etc.; el valor que adquieran estos adjetivos depende de qué lado se miren (comprometido en boca de poeta puro, así como puro en boca de poeta comprometido, adquieren valores negativos). Entonces flota la pregunta: ¿quién es poeta, el que materializa emociones reales, inventadas, divinas, paganas, etc. ¿Quién?? (La temporalidad del poeta no aboga por ninguna, pero tampoco las niega). Pues de las emociones divinas nace el poeta místico; de las inventadas, el poeta fabulador; de las personales el poeta testimonial; etc. La adjetivación de las emociones acepta, sin contradicciones, el amplio abanico de poetas existentes, en cada momento. La temporalidad poética explica, de modo natural, por qué en un mismo poema, el poeta podría potencialmente plasmar todo su espectro de emociones. Y también explica por qué el adjetivo de las emociones, en términos generales, resulta fluctuante, esporádico.

La temporalidad del poeta hermana a la sensibilidad y al ingenio, reñidos para algunos. El momento catártico es dominado por la sensibilidad del poeta, la sensibilidad se impone y sobrepone al ingenio sin negarlo; fuera de este momento, los roles simplemente se invierten.

Si el poeta nace o se hace, a estas alturas, carece de sentido. Tanto la sensibilidad como el ingenio no se heredan; ambos se perfilan, fluctúan, definen, en el transcurso mismo de la vida y de la atmósfera cultural.

La condición del que funge de poeta fluctúa entre ser realmente poeta y el no serlo. Es decir, si le preguntasen, ¿eres poeta?, a lo más debería responder, sin temor a caer en poses egocéntricas: no, no soy poeta; probablemente lo fui mientras escribía mi último verso. Y es que, concluido el poema, el acto de creación se desvanece, y el poeta desaparece de la escena. El poeta no existe si no cuando crea y/o recrea el poema, cuando pare poesía, único vestigio tangible que registra ese breve ataque catártico y/o de oficio creativo. Ser poeta es una condición esporádica, fugaz, momentánea, tanto como lo sea el acto creativo, por lo que llamarse poeta en términos absolutos, independientemente del momento creativo, no es más que un alarde del ego.

Monday, September 19, 2011

Querer, siempre; poder, a veces

¿Qué sería de una hormiga que anhela ser elefante?: sufriría innecesariamente.

No importa lo que la hormiga haga para lograr ser elefante jamás podrá ser elefante. Sucede que la hormiga quiere ser algo que está fuera de sus posibilidades.

La hormiga sufre porque cree ciegamente que querer es poder. Y claro, si por casualidad una cigarra le dice que querer es poder es una patraña, y que por lo tanto jamás podrá ser elefante, la hormiga inmediatamente la tildará de pesimista, y por qué no, de envidiosa. Y como nadie en su sano juicio quiere ser un pesimista –ni envidioso-, ya que es políticamente incorrecto, la cigarra se retracta. La hormiga ha recurrido a la práctica de la descalificación sistemática para legitimar su optimismo. Pesimista es la palabra mágica que hace de querer es poder una expresión intocable, robusta, incuestionable. De este modo querer es poder se instala como una verdad inamovible en el imaginario colectivo. Pero, ¿querer es, realmente, poder? No lo creo. Es sólo una frase que raya en una esperanza y un optimismo hiperbólicos, una frase que grafica el anhelo, una frase filialmente consoladora para el imposibilitado. La hormiga no importa cuánto quiera, ni cuanto haga para lograrlo, jamás podrá ser elefante. Su anhelo es utópico. Y querer es sólo eso, querer.

¿Es la cigarra realmente pesimista? No, ni la cigarra es pesimista, ni la hormiga es optimista; la cigarra es realista, la hormiga es mitómana, sino cándida. No es que la cigarra crea –anhele- que la hormiga no pueda ser elefante, lo que sucede es que la cigarra sabe que la hormiga no puede ser elefante, lo cual es diferente. Es decir, el pesimismo de la cigarra proviene del conocimiento, más no del anhelo, de la creencia.

–Cargaré sobre mi espalda esta canica de plomo –comenta la hormiga
–Ajá, claro. No ves que es una miga –comenta la cigarra
–¡Tú siempre tan pesimista!
–Pesimista no, una optimista bien informada

No es malo querer, lo malo es creer que podemos lograr todo lo que queremos, ignorando que el mundo de las cosas que queremos siempre es y será mucho más amplio que el mundo de las cosas que podemos. No podemos conseguir todo, sino sólo aquello que está dentro de nuestras posibilidades. Se puede querer todo, se puede lograr un poco. Lamentablemente, nuestras posibilidades no son ilimitadas como erróneamente o malvadamente el querer es poder nos profesa.

La lectura más errónea es asumir a querer es poder literalmente. Es decir; asumir que basta con querer para obtener algo. Una lectura menos errónea es asumir que no basta con querer algo para conseguirlo sino que es necesario un esfuerzo. Si bien la segunda lectura es menos errónea, no es menos dañina; aún solapa tras su aura de esperanza y optimismo hiperbólicos una verdad hipnótica: nuestro esfuerzo es infinito.

Una hormiga lenta corre tras una miga que es cargada por una hormiga veloz. La hormiga lenta presa de querer es poder correrá tras la miga hasta morirse. El alcanzar la miga es sólo cuestión de tiempo piensa, querer es poder así se lo dicta. Querer es poder no le permite pensar en la posibilidad de que no podrá conseguir la miga debido a que la hormiga veloz se lo impide. Querer es poder alumbra la miga, mas no alumbra a la hormiga veloz. La miga no le es inalcanzable a la hormiga lenta porque la hormiga es lenta o la miga es de otro mundo, sino porque la hormiga veloz se lo impide. Querer es poder aboga silenciosamente porque la miga no luzca utópica, y porque la hormiga lenta no tome conciencia de la competencia abusiva y desleal ejercida por la hormiga veloz.

Una cosa es que una hormiga quiera ser elefante, otra que quiera una miga que está sobre la mesa, y otra que quiera una miga que reposa sobre el lomo de una hormiga que corre velozmente. Querer algo que está fuera de nuestras posibilidades, bajo la tutela de querer es poder, nos condena –a priori- al fracaso, al dolor; mientras que bajo la tutela de hay que saber querer, no.

El antídoto a querer es poder es hay que saber querer. La segunda expresión a diferencia de la primera implica el conocimiento consciente de nuestras propias limitaciones y/o capacidades; implica aceptar que nuestras posibilidades son finitas. Finalmente, yo, al igual que la hormiga lenta, también creo que querer es poderpero sólo lo posible.

Tuesday, August 16, 2011

¿Mal poeta o no poeta?

¿Es lo mismo ser mal poeta que no ser poeta? ¿Qué es más legítimo decirle a alguien que nunca escribe un buen verso: que es mal poeta o que no es poeta? Pongamos el siguiente caso hipotético: Luis, el día que su padre muere, de dolor escribe algunos versos. Un entendido en poesía los lee, y llega a la conclusión de que los versos son realmente malos. La pregunta es: ¿los versos son malos por que Luis no es poeta o por que Luis es un mal poeta? El ego de Luis bien podría resolver este dilema, a su favor, obviamente, aludiendo que el entendido no sabe de poesía. Y es aquí cuando surge un nuevo y legítimo dilema: ¿la poesía es mala por que es mala o por que el entendido es un mal entendido? En fin, lo único cierto es que un poeta jamás escribe/publica sabiendo/creyendo íntimamente que su poesía es mala; todo poeta escribe/publica bajo la presunción (aunque inocente, pletórica de fe y de ego) de que su poesía es buena, o al menos no es (tan) mala: el acto creativo del poeta se sustenta en un acto de fe estético, en el beneficio de la duda. Un poeta sin fe creativa no existe. Un poeta que asegura que su poesía es mala (o no le gusta) no existe, o bien es la encarnación de la falsa humildad o de un ego solapado, o bien es víctima de un malditismo trasnochado: ¡qué malo ese poeta que despotrica contra su propia poesía! Poeta que publica porque lo animaron, porque tuvo la oportunidad, porque ya era tiempo, etc., mienta: poeta que publica, sin duda alguna, o se sabe poeta o se cree poeta; punto.

Si todos son (potencialmente, optimistamente) poetas, el acto de escritura nos develará, no si es o no poeta, sino si es un mal o un buen poeta. En cambio, si no todos son (potencialmente, realistamente) poetas, ¿qué es lo realmente nos devela el acto de escritura?; pues, todo depende de lo que respondamos a la siguiente pregunta: ¿el poeta nace cuando escribe, o cuando escribe bien? Si el sólo acto de escritura pariera al poeta, esto explicaría (y justificaría) el por qué todos los países se jactan que debajo de cada una de sus piedras brota un poeta; esto explicaría, también, el por qué todo aquel que escribe (garabatea) un par de versos se considera poeta; explicaría, también, el por qué hay tanto poeta que cree (sin un atisbo de duda) que todo lo que escribe (a veces en una servilleta, en lo que dura un bostezo, una pitada de cigarrillo, un sorbo de cerveza) es digno de aparecer en una antología.

Leí alguna vez por ahí, que el poeta tenía que llamarse poeta, reconocerse y asumirse como tal ante sí mismo y ante los demás que no hacerlo era poco menos que una estupidez, un complejo. ¿Por qué no si el carpintero se llama carpintero; el futbolista, futbolista; el matemático, matemático, etc.? Mientras releía esos argumentos, les juro que por acto reflejo, por instinto natural, por emoción de mi ego acariciado, no dudé en llamarme poeta para mis adentros. Ante la treta psicológica preferí ser poeta a ser un acomplejado o un idiota. Pero luego me pregunté: ¿acaso porque corro el estadio soy atleta?, ¿acaso porque pateo una pelota o porque juego tiritos al arco soy futbolista? ¿acaso porque construyo una silla soy carpintero? ¿acaso porque calculo mentalmente la cuenta a pagar en el supermercado soy matemático? … Claro que no: ni soy atleta porque corro el estadio, ni soy futbolista porque pateo una pelota, ni soy carpintero porque construyo una silla, ni soy matemático porque calculo mentalmente la cuenta… Por lo tanto, tampoco soy poeta simplemente porque escribo unos versos. El oficio es producto de la perseverancia, de la práctica, del tiempo; el oficio no es producto de la casualidad, de la improvisación permanente. No basta para escribir poesía mirar al cielo, sentarse bajo un árbol, respirar hondo; para escribir poesía y por tanto para ser poeta hay que escribir y escribir, para poder corregir y corregir y/o botar y botar.

¿Cómo saber realmente si una persona es mal poeta o no es poeta?: no hay forma de zanjar el dilema, a menos que venga a nuestro auxilio el inefable poetómetro: dispositivo que sirve para medir la calidad poética.

Friday, July 15, 2011

Error e ignorancia...

Siempre hay errores; necio el que cree que no los tiene. A veces no aceptamos nuestro error descubierto por el otro porque creemos que el sólo hecho de hacerlo nos hace menos, nos achica; a veces, porque realmente somos ciegos o necios o tontos, que es lo mismo; a veces, porque creemos que aceptando nuestro error estamos aceptando que el otro es superior. En todo caso, habría que preguntarnos: ¿qué de malo tendría que el otro fuera superior? ¿Qué de malo tendría que el otro conociera un poquito más? En el mejor de los casos, ¿qué de malo tendría que el otro conociera lo que ignoramos? (¡Malo sería que nadie conociera lo que tampoco conocemos!) Recordemos: el estigma negativo de la ignorancia no es inherente a la ignorancia; la ignorancia sólo será mala cuando se convierta en motivo de orgullo; cuando nos resignemos a ella, ya sea por pereza o por cansancio. Recordemos: la resistencia a no reconocer y/o aceptar el error descubierto por el otro obedece, a veces, a que el otro sólo busca con su descubrimiento descalificarnos o imponer su superioridad cognoscitiva (y a veces dogmática); es decir, cuando el error deja de ser cuestión de conocimiento para convertirse en cuestión de poder y de estatus.

La ignorancia, es por antonomasia, el estado natural del hombre: nacemos ignorantes, apenas provistos de un conocimiento primitivo (o intuitivo). La ignorancia nos viene de fábrica, por lo tanto de fábrica también nos ha de venir el afán de querer asesinarla en el transcurso de nuestra existencia. Es irónico que vengamos de fábrica con algo que está condenado a sufrir nuestro eterno rechazo: hasta el último segundo de vida nos esforzaremos por negar, ocultar, solapar, ahuyentar o asesinar (como fin supremo) nuestra ignorancia. La ignorancia, o la ausencia de conocimiento, que es lo mismo, se volverá contra nosotros, lamentablemente, si no hacemos nada por derrotarla y/o derrocarla. El protagonismo, la relevancia de la ignorancia en la vida de una persona es inversamente proporcional al esfuerzo que esta persona invierte en aprender. La ignorancia es una enfermedad que sólo se mata con conocimiento.

El error es inherente al proceso de aprendizaje; es decir, el error es inherente, natural, al proceso de asesinato de la ignorancia. Tonto de aquel que aprende sin errores, y doblemente tonto si se alegra por ello. Ignora lo que se pierde; ignora que más se aprende corrigiendo (si no pregúntenle a los buenos escritores); ignora que aprender sin errores es como tragarse una cereza sin haberla masticado. Por cierto, mi intención no es hacer una apología al error, pero sí un merecido reconocimiento. No hay duda de que cuando se aprende errando, o se mata la ignorancia errando, que es lo mismo, el aprendizaje resulta más profundo, más significativo. Yo, personalmente, cuando aprendo algo sin equivocarme (cosa que raramente sucede) no me siento tranquilo, ni mucho menos inflo el pecho. Y termino, repitiendo el proceso, una y otra vez, metiendo la pata adrede, provocando, azuzando al error; o abordando el proceso desde perspectivas distintas, o jugueteando con las condiciones iniciales del problema, etc. Aprender a matar el error cuando este aparece es parte imprescindible del proceso de aprendizaje. Recordemos que resulta fácil cometer un error (cualquiera puede hacerlo), pero resulta difícil (y gratificante) superarlo. He ahí, la trascendencia del error, he ahí que el error deja ser un estigma negativo e indeseable. El único riesgo peligroso que se corre bajo esta mirada positiv(a/ista) del error es que terminemos mal acostumbrándonos a su presencia. Un riesgo a correr, sin lugar a dudas. Sólo queda esperar que sean pocos los que sucumben ante la amenaza del error, y muchos los que le sacan provecho. Ojala sólo sean unos cuantos los que se justifiquen diciendo que errando se aprende, cuando en realidad son presas absolutas del error. Una cosa es que aprendamos a controlar y sacarle provecho al error, y otra muy distinta, y poco deseable, es que el error termine siendo una excusa barata que impida el proceso de asesinato de la ignorancia, o de aprendizaje, que es lo mismo.