
Cada vez que vuelvo a aquel poema no puedo evitar sentir unas ganas infinitas de haber sido yo quien lo escribiera. Pero no me queda más que envidiarte Oquendo, amigo de letras, por que tuviste la dicha de hilvanar aquel poema a mi madre, a mi gorda, a mi morena, mucho antes de que yo naciera, mucho antes de que ella naciera. Entonces no puedo evitar pensar, y creer, entre sonrisas traviesas, que mi madre, ¡que mi madre, Oquendo, tuvo que ser tu madre!, ¡no pudo ser de otra manera! ¿Sino, por qué mi madre brota de entre tus palabras, y me abraza, cada vez que visito tu poema? Eso explica, Oquendo, el cómo fuiste capaz de hilvanar, sentado al filo de algún recuerdo, un poema simplemente memorable, infinito.
Será difícil superar tu poema, Oquendo, será muy difícil aprehender mejor que tú a mi madre. Por eso, no me queda sino decirte, gracias; gracias por hilvanar una rosa de palabras para el ser que no sólo me ha dado la vida, sino que ha hecho un millón de malabares para que yo camine con el menor dolor posible, con la dignidad menos acribillada, con la sonrisa más contagiosa, honda y gorda.
Pero, lástima Oquendo que mi madre, mi morena, mi gorda, no entienda nada de poemas; lástima que tu rosa de palabras mi madre quizá nunca pueda olerla. ¿Pero sabes?, yo le he contado que un tal Oquendo de Amat, allá arriba en el altiplano, guarda con esmero una rosa para ella.
Aquí este poema que me ha dado tanto…
MADRE
Oquendo de Amat
Tu nombre viene lento como las músicas humildes
y de tus manos vuelan palomas blancas
Mi recuerdo te viste siempre de blanco
como un recreo de niños que los hombres miran desde aquí distante
Un cielo muere en tus brazos y otro nace en tu ternura
A tu lado el cariño se abre como una flor cuando pienso
Entre ti y el horizonte
mi palabra está primitiva como la lluvia o como los himnos
porque ante ti callan las rosas y la canción.
(De Cinco metros de poemas)
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