Wednesday, January 23, 2019

Rogelio Gallardo según mi frágil memoria

Rogelio Gallardo según mi frágil memoria


Vi a Rogelio Gallardo por primera vez el año 1994 ¿1995?, durante la oleada de escritores consagrados y famosos que llegó a Guadalupe gracias a la gestión del poeta Antonio Escobar.

Recuerdo que Rogelio Gallardo, el poeta de Cantos al hombre, daría un recital en el Tigres Club, una noche cuya fecha exacta no recuerdo. En la mesa de honor esperaban Antonio Escobar y Bethoven Medina, si la memoria no me traiciona. Pasada la hora pactada para el inicio, y con el público esperando sobre las sillas, don Alfonso Balarezo al ver que el poeta no llegaba, salió a la puerta, impaciente a esperarlo. Daba vueltas. Caminaba de un lado a otro ojeando su reloj de cuando en cuando. Yo estaba ahí, parado, esperando también. Cómo buscando consuelo, me dijo: Jarita, no llega el poeta. Asentí con la cabeza. Pero me animé a señalarle con el pico al señor que estaba desde hacía unos diez minutos, parado a un costado de la puerta. Por lo que había oído estaba casi seguro de que ese hombre de impronta humilde era el consagrado y esperado poeta, pero la timidez (o el complejo que siempre me había acompañado) me privó de abordarlo. Allí estaba él, abrazándose así mismo, mirando hacia el interior del local: era prieto, enjuto, crespo, bajito, vestía pantalón y guayabera desaliñados, pero blancos; calzaba llanques. Don Alfonso Balarezo se le acercó inmediatamente:

Buenas noches, ¿espera a alguien?
No.
¿Quién es usted?
—Yo soy Rogelio Gallardo.

Cuando terminó el recital, los privilegiados, entre ellos, yo, porque ya era amigo de Antonio Escobar, fuimos a la casa de don Alfonso Balarezo, que quedaba a una cuadra de la plaza mayor, a continuar con la sobremesa literaria. El anfitrión, recordando entre risas el impase de la puerta del Tigres Club, desencorchó unos vinos. Rogelio Gallardo leyó unos poemas haciendo gala de su voz estentórea y hasta se animó a cantar un tango, cuyo nombre no recuerdo y que don Alfonso Balarezo grabó íntegramente. Bethoven Medina, de cuando en cuando llamaba la atención del poeta mayor y le recitaba con emoción y admiración, un par de versos de Cantos al hombre; de rato en rato, también le halagaba: “Grande Rogelio”

Después del encuentro en Guadalupe, lo busqué en Trujillo. Averiguando, me dijeron que podría encontrarlo por la plaza mayor, que por ahí paraba siempre, deambulando. Antes de empezar mi búsqueda, escogí de mi archivo inédito, un manojo de poemas, que trascribí a mano, con mucha esperanza. Aluciné, seguramente, a Rogelio Gallardo diciéndome: ¡Robert, qué buena poesía! Pues sí, porque buscaría al poeta de culto, para pedirle que leyera mis poemas y me diera un honesto comentario. Me incomodaba el anonimato, mi trabajo dentro del closet, y moría porque algún poeta consagrado me diera su visto bueno, legitimara lo que en solitario venía pergeñando; sí, eso sucedía en mi fuero interno. También es claro que si no había publicado era porque no tenía las posibilidades económicas; de haberlas tenido, ¡Dios mío!, quizá hoy estaría arrepentido.    Con mi puñado de poemas cuidadosamente seleccionados enrumbé al centro de Trujillo. Hurgué por las bancas, los pasajes, el monumento; pero nada. Recordé lo que me habían contado discretamente quienes lo conocían de buen tiempo atrás: Rogelio Gallardo ha tocado fondo, bebe hasta ron de quemar. Con esto en mente recorrí los bares de la ciudad; pero nada. Ya casi rendido, volví a la plaza mayor. Y fue que lo divisé en la esquina de Pizarro y Orbegoso. Allí estaba él, sentado al filo de la única grada del local donde hoy funciona McDonald´s, con la misma ropa que lo conocí, o al menos eso me pareció, y con sus ojos grandes y melancólicos clavados en algún poema vespertino por venir.    Me acerqué y me senté junto a Rogelio Gallardo, sin pedir permiso y sin mediar palabra por unos minutos, hasta que me animé a hablarle. No se sorprendió, pero noté que me tomó atención cuando empecé hablarle sobre su breve estadía en Guadalupe: sonrió, desganadamente. Si algo detesté aquella tarde fue el no tener un sol en los bolsillos para invitarle a tomar un café, lo mismo que me sucedió con Juan Paredes Carbonell. ¡Carajo, cómo se podía estar tan misio! Tras un breve intercambio de palabras, más bien protocolares, le pregunté si acaso podía entregarle unos poemas de mi autoría para que me hiciera un breve y honesto comentario. ¿Escribes? Asentí con la cabeza y aproveché para entregarle las cuatro o cinco hojas grapadas que guardaba en mi morral. Mientras Rogelio Gallardo las ojeaba, por miedo a su reacción, me puse de pie y lo interrumpí:

Don Rogelio, otro día, con calma, regreso por su comentario.
Bien poeta, aquí me encuentras.

Pero el 27 de noviembre de 1995, Rogelio Gallardo, involuntariamente faltó a su palabra. Antes de que yo consiguiera el sol para tomarnos un café, a la vera de la tarde, mientras su estentórea voz pronunciaba el comentario no nato, el poeta de Canto al hombre, dobló la esquina infinita chasqueando el asfalto con sus llanques.  

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